Advertencia
Ardamos
jueves, 10 de junio de 2010
Nace de...
miércoles, 9 de junio de 2010
Ramón y el quince. Pequeños paréntesis en una vida de cercanías.
Suena de fondo:
Proxima parada: Atocha.
Saca del paquete de tabaco un canuto y se lo enciende nada más salir al andén, de manera discreta se lo oculta entre las manos para que todos los pasajeros que tiene alrrededor no se percaten de lo que va a empezar a fumarse, lentamente, mientras se dirige al hospital Niño Jesus, donde su hijo de cinco años ingreso hace quince dias. Aún no saben los médicos el diagnóstico, por lo visto tienen que medicarle via oral varias veces al dia, las venas de las manos no dan más de si.
El papeleo del paro le estaba sacando de quicio, apenas tiene para comprar tabaco y una china de cinco euros; diecisiete euros, cuarenta céntimos, un día. Relax, necesitaba pensar como podía hacer para el próximo mes cobrar el subsidio, quince años cotizando, el tiempo sacude su cabeza tras la quinta calada, aún queda un rato para que su hijo acabe de comer, ya no son las 15:00 de la tarde, fue ayer.
Cuando recuerda a su mujer el pecho se le estremece, sabe perfectamente que ya no le quiere, vive lejos de él desde hace más de un año, casi cinco meses más, pero su hija ya va a cumplir catorce años... supone que estará junto a su madre y a la madre de su madre en el la habitación numero diecisieta, la última vez le contó que salió con sus amigas, está en edad de dejar de ser niña. Silencio.
Apura las últimas caladas, espera que al llegar a Villalba se encuentre algún amigo que le pueda dar un poco de marihuana, mañana va a ser un dia largo y el trayecto se puede hacer pesado. En la estación de Villalba pidió un cigarro a un chaval al que seguramente le saque quince años; ahora tiene treinta y cuantro, el més que viene treinta y cinco. No hay tiempo para ver las noticias.
Al salir de la estación saca del paquete de tabaco ahora un poco más arrugado que hace quince minutos el cigarro que le habían dado antes, estaba a la mitad, suficiente para subir todo recto al hospital.
Que aproveche, es la hora de comer.
martes, 8 de junio de 2010
Cadáver.Exquisito.: Pantomima
(Miren los comentarios y continuad leyendo la historia)
Mares agitados
Martín amaneció aquel jueves, calculador, con el único fin de la justicia ante la traición sufrida. Como cada día, preparó el desayuno e innumerables medicinas para Nuria, su único motivo de felicidad y dulzura, que le miraba a cada jornada más débil por la enfermedad.
Cerró la puerta de casa a conciencia y salió solo, con su pistola cargada y munición de reserva. Ella esperaría a las 15: 00 en su habitual punto de encuentro.
Martín se dirigió al banco en el que había desmantelado incontables intentos de atraco. Sosegado, se dirigió a la trabajadora de la entidad bancaria y sacó su pistola sin que nadie se percatara. A los diez minutos, su primer punto del plan estaba cumplido: una bolsa de dinero para conseguir un coche. Ya con el coche en su poder, recorrió el camino hacia antiguos amigos de la comisaria: sus enemigos de entonces, que tras la muerte del sargento (el único y verdadero amigo que tuvo Martín), arruinaron su vida, por ser el competente para el alto cargo de policía. Como consecuencia no pudo proporcionar a Nuria la medicación necesaria. La única solución para Martín fue comenzar a aplicar la justicia en solitario –y a cualquier precio-, no para su supervivencia, sino para la de ella.
Una vez allí, sacó su pistola en el callejón a la salida de comisaría, y fríamente, las balas entraron en el cráneo de cada uno de los traidores. El trabajo fácil se cumplió a la perfección.
A las 15:00 compró rosas blancas –las preferidas de ella- y se las entregó en cuanto llegó. Tras gozar de una tarde de paz mutua la noche cayó sobre sus espaldas. Llegó el momento de completar la venganza: cuatro de los directos culpables de su sufrimiento seguían vivos, y debían morir por ello. “ Es justicia, no odio”, decía él siempre.
Se aproximaron a la costa, donde vivían los traidores. A dos de ellos los encontraron antes de llegar allí. Ella se quedó cerca del coche, sentada, oliendo las rosas. Mientras, Martín cumplió con la justicia: dos balas menos, dos corruptos cuerpos más ensangrentados. Ya sólo quedaban dos balas.
Martín, Andrés y Héctor, inseparables desde la infancia; <
- Ahí están –dijo Martín desde el interior de su vehículo.
Fijaron su vista en el coche de sus antiguos amigos: negro de gama alta, con cristales tintados, aparcado en la playa. Él agarró su pistola y las dos balas que quedaban.
- Espérame fuera –le dijo a ella.
Se dirigió hacia ellos, situados de pie, sobre lo alto de una duna de la playa, como esperando inevitablemente su destino.
- Estas dos balas os pertenecen. No esperéis mi perdón nunca. No podréis curaros jamás de la culpa que lleváis dentro, seréis unos fantasmas como el resto del mundo–les dijo fría y gravemente Martín.
Cargó la pistola, se dirigió hacia Nuria y con tranquilidad y serenidad observaron las olas. Con la mirada él le dijo que se resignaba a ser un fantasma, que sin ella no gozaría más de ése atisbo de felicidad que en aquel momento sintieron, como tantas otras veces. Nuria le comprendió, sonrieron inocentes como niños y se besaron.
Entonces, el estruendo de dos balas retumbó sobre los corazones encogidos y olvidados de Andrés y Héctor.
lunes, 7 de junio de 2010
Ladrido de tinta.


